martes, agosto 01, 2006

Frascos de Esencia

II - Segunda parte.

Supe, desde ese día, que la muerte puede habitar dentro del cuerpo vivo de un hombre, de una mujer cualquiera e incluso dentro de un niño. Consigue alojarse allí, como un parásito y sin terminar de matar el corazón de esa persona, logra ir apagando la luz de su mirada, la luz de su espíritu convirtiéndoles en muertos vivos, o vivos muertos.

Las heridas mortales que rompieron el pecho de mi madre me dijeron en susurros que la muerte es etérea, es invisible e imprevisible y valiéndose de estos grandes poderes, muchas veces, posee la voluntad de quien le place nublando el conocimiento de su víctima y materializando así sus deseos más oscuros, y cuando así procede y gana la vida de un individuo usando la razón de otro ser semejante, goza de su victoria con extremo placer, retorciéndose triunfante, doblemente poderosa y heroica.

Cuando comencé a pintar, los rojos y granates de mi paleta siempre fueron la sangre espesa de mi madre, brotando de las hendiduras profundas que el frío metal abrieron en su cuerpo. El negro, sus cabellos rodeando su rostro de luna, como una corona de picos infinitos que parecían querer huir de aquella muerte tan deshonesta e injusta. Si mi pincel topaba con los ocres, veía la suave luz de un sol tardío que atravesaba meloso y lánguido las cortinas del cuarto de plancha acariciando su cuerpo devastado por la muerte y la atrocidad. Lo mismo me ocurría con el rosa de sus labios, el blanco de toda su piel, con el violeta de sus venas que se percibían perfectamente en sus muñecas finas, como de cristal. Los verdes, al observarles en mi lienzo, me cantaban la canción de que la esperanza esquivó nuestras vidas, y el gris me llenó la mente, pues así se volvió mi vida al ver el cuerpo inerte y frío de mi madre dulce, cálida y sonriente. Y dejé de pintar. El dolor que me acribillaba al contemplar esas obras era insoportable, ciclones de locura llenaban mis noches eternas, la angustia me cubría como un manto sin fin y entonces supe, que la muerte, había entrado dentro de mí, entró de un golpe el mismo día que mataron a mi madre.


Me perdí en un mundo de por qués, me perdí entre interrogantes, me perdí en pensamientos estériles y áridos. Nada crecía en mí, no podía avanzar… abandonado a la desidia dejé que ella tomara las riendas de mi ser. Arrastrado por una corriente de fatalidad me sentí rendido ante el óbito oscuro que había ganado todas las batallas.
Pero un día de mañana plácida y sol radiante, un día rescatado de este mundo tribal y absurdo me respondí. Mi boca sellada por el espanto, mi corazón cubierto de moho, mis puños prietos, mi traquea cerrada, mi alma entumecida, mi vida que era reino devastado por la muerte se sublevó y mirando hacia atrás en los ojos abiertos de mi madre muerta, leí la respuesta escrita desde hace tantos años que paciente esperaba ser leída. Si siempre lo supe, sin querer saberlo no era mi culpa. Ya no podía vencer, pues los años perdidos hablaban de una vida derrochada, pero el nudo inmenso de una existencia encarcelada fue deshecho con el valor reunido en cada fragmento de minuto de cientos de días enteros, que pasaron sobre mi cuerpo como el agua que acaricia todas las orillas: ¿Por qué la mataste papá?
Mecido por una nana eterna con aroma a lavanda y Verbena…




ShineSock.




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