Eran las 8:05. Esa es la hora que marcaba el reloj-termómetro situado en la plaza de entrada al museo Artium. La calle Francia comenzaba a despertar con el fluir de vehículos, autobuses urbanos, niños de camino al colegio, gente, en definitiva, que encaraban un lunes, bastante frío, tan rutinario y común como cualquier otro Lunes de no ser por el viento, casi huracanado que hacía.
El bus urbano número 36, hacía la parada que hay justo delante de la sucursal del banco Aragonés. Personas grises y niños que porteaban coloridas y pesadas mochilas, adornadas con super-héroes infatigables, subían con cierta pereza y se acomodaban en los asientos, mirando a través de las ventanas como si no hubiera nada al otro lado.
Era esta la escena: personas en las cafeterías desayunando, personas luchando contra el impetuoso viento, coches esperando luz verde para continuar su camino, sirenas lejanas, tacones acelerados, obreros descargando furgonetas, algún ciclista…
Así transcurría el tiempo y el espacio de un Lunes cualquiera a las 08:05 minutos en la calle Francia. No sé muy bien de dónde apareció la mujer, sólo puedo decir que cuando me disponía a cruzar la calle una chica joven, de unos 30 años corría despavorida de un lado a otro de la calzada. Algunos coches tocaron el claxon, el autobús número 36 paró en seco y la chica, quedando en medio del paso de cebra sacó un arma y gritando como si la estuvieran arrancando la piel a tiras y sin dar tiempo a que nadie saliera de su estupefacción se voló la cabeza de un disparo.
Tengo metido dentro el cañonazo: bumg! Por unos segundos pareció que el disparo nos hubiera acertado a todos y cada uno de nosotros a quemarropa. El mundo se paró. Nadie hizo nada.
Medio centenar de corazones se quedaron sin bombear sangre. Allí estaba tendida la chica con sus sesos esparcidos por toda la carretera. La sangre era tan negra y espesa como jamás hubiera imaginado que lo fuera. El cuerpo estaba tendido de una manera artificial, era como un maniquí ortopédico, mal flexionado. Bumg!........ Bumg! y aquél cuerpo caía ante mis ojos como un edificio mal construido que se derrumba lentamente, una y otra vez. Veía a esa joven, gritando con su cara desencajada, el viento furioso arremolinando su cabello en una danza macabra, y su mano veloz y decidida sacando algo indefinido del bolso y con una decisión asombrosa: Bumg! que sordo y contundente suena un disparo en la vida real.
Estaba muerta delante de mis ojos, se había ido. Sus fluidos vitales hacían ríos por la calle, como huyendo de ese cuerpo aún caliente y carente de cordura. Alguien grito despertando a esa pequeña multitud del sock, pero no miento si digo que nadie acertó a hacer algo coherente. Cuando volví a mí ser, percibí el caos alrededor. Gritos, sollozos, coches lejanos impacientados por la espera, sirenas ahora cada vez más cercanas, gente paralizada, como de hielo… mis piernas temblorosas, la voz rota, el viento furioso…
Retrocedí y me senté en las escaleras de la antigua tienda Gretel que hace esquina con la calle Abrevadero. Sentí que si no lo hacía me desmayaría… Pronto un corro de gente envolvió la imagen de la joven suicida. Bajé la mirada, y me sujete la cabeza con ambas manos. La mezcla brutal de sentimientos me bloqueaba, casi no podía respirar… Fue entonces cuando me di cuenta, que mi ropa estaba llena de sangre con restos de… Me miré en el reflejo del escaparate, cubierto de carteles de propaganda: Curso de guitarra online, busco habitación por la zona, La Mari en concierto… Mi cara estaba salpicada de vida ajena… Me vino una bocanada de vómito y de llanto que no pude contener.
Fin.


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